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Si es que llegas a esucharme




12 a.m.

RECIBÍ LAS 12 FRENTE A ESE MAR QUE VEÍAMOS JUNTOS CUANDO ERA NIÑA. Me llevabas luego de visitar a tus otras hijas, es decir, tu antigua familia. O después de visitar a tu hermano mayor, mi tío Camilo, quien, de los 7 hermanos, era el que más se oponía a ti. Tenía ojos verdes, piel clara y sonrisa mentirosa.

Recuerdo muchas de aquellas veces en las que, antes de embarcarnos en un viaje interminable hacia Villa María del Triunfo, me llevabas al malecón de San Miguel. La mayoría de veces era de noche y, aunque todo era muy oscuro, lo cual a esa edad me asustaba, contigo me sentía segura.

Hay días en los que aún le temo a la oscuridad, y no solo a la de la noche, sino también la de mi interior. 
A veces nos recuerdo a ambos bajando por unas escaleras en Barranco, en verano, caminando hacia la playa y descansando de cuanto en cuanto por ti, por tu corazón débil y tus pulmones de fumador. Tengo algunos otros recuerdos de nosotros en Larcomar, lugar en donde yo estaba parada hace un par de meses. 


El mar y tú
Nunca entendí por qué siempre íbamos a ver el mar. 

Quizá estabas triste y yo no lo sabía, o quizá solo te gustaba disfrutar del sosiego de las olas. 
Nunca se me ocurrió preguntártelo. Ahora ya no puedo. 
Cuando regreso a alguno de esos lugares, no puedo identificar cuánto han cambiado, ni recordar la edad exacta que yo tenía cuando dejamos de ir. Solo te recuerdo a ti conmigo. Recuerdo mis horribles vestidos con estampados de flores y también el overol jean que tanto me gustaba, mi típico peinado de dos trenzas y mi cola de caballo, mis zapatillas blancas y mis zapatitos negros de charol. Recuerdo el sol, extenuante y aburrido, y tu mano pecosa sujetando la mía, pequeña y débil. Recuerdo el silencio, ¿nunca hablábamos? No lo recuerdo. Eso duele. ¿Qué tantas de tus enseñanzas se habrán perdido en mi memoria? ¿Qué tanto de la vida me habrás dicho? ¿Qué tanto se me habrá borrado?

Sin embargo, creo que la verdadera respuesta es que es por ti, por esos recuerdos de mi niñez que, desde que no estás, son solo míos. Recuerdos alejados de los problemas. Alejados del departamento pequeño en el tercer piso de una casa que no era nuestra, de las cortinas amarillentas, de las sillas del comedor incompletas, y del recibo de luz que no se pudo pagar un mes y tampoco el siguiente. Alejados del hospital de donde te veía entrar y salir una y otra vez, y alejados de los llantos de mamá. 


Crecer y madurar

He crecido. No llegaste a mis 15, tampoco a mis 18, ni a mis 25.

Esto de crecer apesta. 
Eso nunca me lo dijiste, de eso sí estoy segura. Tú pensabas acompañarme más, mucho más. Quizá por eso nunca me advertiste que vivir es como un constante dolor en el pecho, que no sabes si terminará en un infarto o si solo es un susto.

No sé por qué, pero he sentido la presión de cumplir esta edad. La he sentido como si llevara una hora aguantando las ganas de ir al baño y no pudiera ir, o como si estuviera a una noche de dar un examen importante y no tuviera idea de lo que se trata. La he sentido como alguien que, sin remedio, tiene que darle una mala noticia a otra persona, aún sabiendo que le romperá el corazón, o como se siente estar atrapada a mitad de algo, sin poder avanzar y sin poder retroceder.

Quizá por eso he querido esperar las 12 frente al mar. Contando inquieta, impaciente, atenta y sobria, los segundos. No durmiendo, ni festejando. Solo parada frente al mar. 

A pesar de sentirme atrapada, creo que es importante que sepas que hay cosas que he aprendido. Por ejemplo, aprendí que si respiras lento, el miedo se va, que llorar no es malo, y menos aún si es recordándote. He aprendido que es importante decir siempre lo que piensas y lo que sientes, que hay que tener esperanza, y que no se puede negar lo que somos. He aprendido muchas cosas sola, pero cuánto me hubiera gustado que tú me las enseñaras.

Ya crecí. Tengo 25, un trabajo y un perro llamado Túpac. Ahora uso lentes. No recuerdo si ya sabías que heredé la miopía del lado de tu familia. Hace dos semanas he adquirido mi primera tarjeta de crédito. Es una Visa oro que tengo que pagar el cinco de cada mes. Alguna vez me enamoré de alguien que amaba el mar tanto como yo. Me han roto el corazón y también lo he hecho yo. Bailo poco, fumo mucho y tomo por lo menos una taza de café al día (en esas dos últimas cosas somos iguales). Ahora corro y ya no tengo asma. Me gusta tener el control de todo, como cuando era niña, ¿te acuerdas? y es que en realidad sé que puedo perderlo rápidamente. Ya crecí y este año en mi cumpleaños no pensé en ti. Hace tiempo que no voy al cementerio y tampoco puedo prometer que iré pronto. Es una tortura para mí. Es un recordatorio de que te perdí, cuando en realidad puedo tenerte en cualquier momento, como ahora.

Tengo tantas otras cosas que quiero contar, decir, soltar. Tantas otras personas a las que les quiero escribir, y personas de las que también quiero escribir, pero termino contándote todo esto a ti, primero a ti, para que las sepas primero que nadie. Sé que esto quedará entre nosotros dos, si es que llegas a escucharme cuando te las lea. Y tengo la seguridad de que tu único reproche, si es que acaso hubiera alguno, sería porque no fuera feliz, o porque no lo intente todos los días con cada fibra de mi ser.


Texto guardado desde noviembre del 2019

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